Fernando, socio 3700, hace más de cuatro años que fue implantado del oído derecho. En esta crónica de su vivencia personal de los últimos años nos cuenta sobre su devoción por la lectura y sobre la complicidad comunicativa con su esposa.
Me costó bastante aceptar y asumir mi enfermedad. Muchos años de mi vida laboral transcurrieron en una importante multinacional de las telecomunicaciones y posteriormente en mi propia empresa formada con algunos compañeros. El trato con clientes era constante y me gustaba. Todo aquello se fue al garete por mi mal estado de salud, que implicaba una jubilación anticipada. Además tuve que renunciar a muchas cosas que me gustaban, como, por ejemplo, escuchar la radio, a la que toda mi vida había sido un gran aficionado.
Pensé que me dedicaría a mi colección de sellos, pero me equivoqué. Empecé haciendo un cursillo de encuadernación de libros y disfruté mucho encuadernando y restaurando volúmenes viejos.
Debido a mis problemas, me fui aislando de familiares y amigos ya que no era capaz de mantener una conversación normal, si no era con mucho esfuerzo por ambas partes, porque tenía hipoacusia severa en el oído izquierdo y profunda en el derecho, acúfenos, vértigos, vómitos e hiperacusia; todo ello ocasionado por el síndrome de Ménière. Mi esposa era, y es, la única que me comprendía y apreciaba mis dificultades y sufrimientos.
Durante mi vida anterior, si exceptuamos los libros de texto, había leído poco, pero esta situación cambió y me convertí en lector compulsivo. Había almacenado libros en casa para cuando tuviera tiempo, y esa ocasión se acababa de presentar.
El médico me propuso hacerme un implante coclear, pero yo no sabía en qué consistía y dejé pasar la oportunidad. Para una página web mexicana me pidieron un artículo sobre mi enfermedad, que titulé “Tratado inútil de mi síndrome de Ménière”. Tengo constancia de que fue leído por muchos españoles y extranjeros, pero particularmente por uno de ellos, que como yo estaba desesperado. Teníamos los mismos problemas y me buscó hasta encontrarme. Resultó que estábamos a unos cien kilómetros de distancia y él ya estaba en lista de espera para hacerse el implante. Vino a Sevilla con su esposa y nos conocimos e hicimos buenos amigos, resultando además que a él también le gustan las letras.