La Revista del Implante Coclear. Editada por la Federación AICE

¿Somos propiedad de alguien?. Integración núm 65. Enero 2013

Sabíamos de muchos casos, pero en la primera quin­cena de octubre volvió a ocurrir un hecho que nos preocupa extraordinariamente. Maribel, amiga de Isa­bel, implantada de un pueblo de Albacete, se dirigió a GAES de la C/ Concepción de esta capital para comprar un cable para el implante de su amiga, tal como ésta le había solicitado. Para su sorpresa le dijeron que no se lo vendían, si no se identificaba, a pesar de tener todos los datos del cable en cuestión. Dijo que era para su amiga, a lo que le contestaron, después de que fuera obligada a dar todos los datos de su amiga, que no la tenían en sus ficheros y que no se lo vendían, si ella no se presentaba personalmente y rellenaba la ficha, y que eso eran normas de la empresa. Por más que Maribel insistió, no hubo manera.

Fue necesario que Isabel se desplazara a Albacete y acompañada por Maribel se presentara en la tienda, rellenara, obligada, la ficha de control de GAES y sólo entonces admitieron venderle el cable.

No sabemos enunciar cuantas incorrecciones se han pro­ducido con esta forma de actuar, con la que están obli­gando a todos los implantados de Cochlear a ceder sus datos a GAES, que se enmascara con darles el carné de cliente y no aplicarles un sobreprecio del 10% en los ac­cesorios y piezas de su procesador de implante coclear, que tienen que pagar aquellos que se nieguen a entregar sus datos a un proveedor, que ostenta el monopolio ab­soluto de suministro de accesorios y reparaciones de su implante coclear.

Por otro lado, en una mal entendida cortesía profesional, no es posible que un programador atienda a un usuario, si no recibe la autorización del anterior programador, aunque el usuario quiera cambiar de profesional. Como además, en la gran mayoría de casos, aunque la ley diga que las pruebas son de los usuarios, las programaciones no se en­tregan a los usuarios, el control, y lo que es peor, la sensa­ción de imposibilidad liberarse, es total.

Wikipedia, la enciclopedia libre de Internet, define Esclavi­tud como la situación en la cual un individuo está bajo el dominio de otro, perdiendo la capacidad de disponer libre­mente de sí mismo.

En una situación de monopolio absoluto, ya que una vez implantado, los individuos somos totalmente dependientes de nuestro implante, de su marca y de su proveedor, sin escapatoria posible de las decisiones y actuaciones que tome el individuo que decida suministros, precios, servi­cios, etc., los usuarios no podemos disponer libremente de nosotros mismos.

Si el individuo o empresa que toma las decisiones, actúa con sentido de responsabilidad empresarial y respeto a las leyes, no tiene porque haber problema, pero si actúa con prepoten­cia, aumenta la dependencia del implantado con restricciones en la calidad del servicio, no respeta los acuerdos, exigen nuestros datos bajo penalización económica, tiene compor­tamientos no transparentes y arbitrarios, precios abusivos, re­presalias con el servicio, difíciles de demostrar pero que todos los usuarios conocemos y otras actitudes, apoyándose en un monopolio exagerado, entonces…. las administraciones son las que tienen que defendernos de esta situación intolerable.

Cuando ese mismo individuo o empresa decide que un procesador tiene un coste de reparación determinado o simplemente no tiene reparación, sin apelación ni contras­te posible y se queda el aparato, es cuando nos volvemos a plantear si somos o no somos, los esclavos del siglo XXI, ya que hemos perdido la capacidad de disponer libremente de nosotros mismos. Y tenemos que vender nuestra alma para salir de la sordera.

Resumiendo, nos tienen fichados, no tenemos libre elec­ción de suministrador, ni de cambio de los profesionales que nos atienden. Es lógico que, en estas circunstancias, la gente no se sienta libre y tenga miedo y preocupación, aunque haga buena cara por miedo a posibles represalias.

Afortunadamente la mayoría de las empresas no actúan así, pero la que lo hace se siente con una sensación de impunidad que nos tendría que avergonzar a todos. A unos por permitirlo y a otros por cobardes y no levantarnos exi­giendo un cambio a la política de ordeno y mando.

Que nuestros lectores analicen las situaciones que plan­teamos y se creen su opinión, si somos o no somos pro­piedad de alguien.

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