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Cuando una persona candidata a implante coclear, o un familiar de una persona candidata, contacta con Federación AICE, lo hace casi siempre en busca de información. En muchos casos llega derivada desde el servicio de Otorrinolaringología de su hospital tras recibir el diagnóstico; en otros, nos encuentra a través de internet al buscar “implante coclear” y dar con nuestra web; y, en ocasiones, llega acompañada o recomendada por otra persona que ya nos conoce. Sea cual sea el camino, el primer contacto suele tener un objetivo claro: resolver dudas, comprender mejor qué es un implante coclear y qué puede suponer en su vida.
Tras este primer contacto, ya sea presencial o telefónico, se agenda una cita para un asesoramiento individualizado. En este encuentro participan la persona que lo conduce y, siempre que es posible, al menos una persona implantada coclear. Se intenta que esta tenga características similares a las de la persona que acude a la Federación, ya sea por edad, causa de la sordera o, en el caso de bebés y niños, que sean familias. En esta reunión se escucha, ante todo, a la persona que ha acudido a AICE. Se responden sus preguntas y se despejan sus dudas dedicando todo el tiempo que sea necesario, sin prisas ni relojes. Además, se explica quiénes somos, cuál es nuestra razón de ser y qué proyectos llevamos a cabo, invitándoles a participar en las próximas actividades y animándoles a formar parte de la asociación.
Y es en este punto donde cobra sentido hablar de la importancia de pertenecer al movimiento asociativo. Ser miembro de una asociación no es solo una cuestión administrativa ni un gesto simbólico: formar parte de un colectivo significa darle visibilidad. Cuantas más personas se suman, mayor es su capacidad de ser visto y escuchado. Sin embargo, que un colectivo crezca en número no es suficiente si no existe un objetivo común ni una dirección compartida. Un grupo numeroso pero desorganizado difícilmente logrará avances reales o mejoras en derechos.
La diferencia aparece cuando las personas se unen en torno a una asociación con principios claros y objetivos definidos. Es entonces cuando el colectivo adquiere fuerza. Una asociación representativa trabaja por y para sus miembros: defiende los derechos ya conquistados, denuncia las desigualdades existentes y reclama la eliminación de barreras que todavía persisten. Se convierte en un interlocutor válido ante las administraciones públicas y en una herramienta de transformación social.
La verdadera fortaleza de una asociación reside en sus socios y socias. Cuanto más numeroso, activo y participativo sea el colectivo que la compone, mayor será su capacidad de incidencia. Pero esta fuerza no se construye solo con números. Participar implica implicarse: asistir a actividades, acudir a asambleas, aportar ideas, ofrecer tiempo y compromiso en la medida de las posibilidades de cada persona. Porque es la asociación, como voz colectiva, la que puede ejercer la presión necesaria para lograr mejoras que, en última instancia, revierten en beneficio propio y del conjunto del colectivo. Y cuanto más fuerte y cohesionada sea esa voz, más difícil será ignorarla.
Arantxa Armero
Directora revista “Integración”
